
Sin embargo, la atmósfera se coló en alguna forma. La mayoría adorábamos a Muhammad Alí y a Martin Luther King, aunque no supiéramos nada de derechos civiles. Y aun si nos hubieran hablado de la segregación, habríamos respondido con un “¡guau!, ¿entonces pueden ir todo el tiempo en los asientos de atrás del autobús? ¿Podríamos ser negros nosotros también, maestra?”
Sin duda ocurría algo grande y emocionante, y sin embargo el enfoque actual más común acerca de esa época es menospreciarla, como si hubiera sido un episodio frívolo en que participaron unos cuantos jipis y estudiantes. Esto ocurre en parte porque muchos de los artículos son escritos por ex radicales exquisitos que llenan las revistas de pomposas aseveraciones como “para mí y mis compañeros de la Orden de Iguanas Revolucionarias del Colegio Harrow fue una época de infinita universalidad mental. Leíamos los ensayos de Pitkin sobre bisquetología, montamos una producción de La Tempestad en la que todos los personajes eran cebollitas de Cambray y debatimos ‘Esta Cámara apoya las teorías de Woldemort sobre la pugnocidad prolongatable’ con tal vivacidad que tuvimos que capturar al limpiador y enterrarlo vivo en el bosque para serenar los ánimos”.
Otro problema es que algunas figuras de la época son hoy miembros prominentes del establishment. E intentan proclamar que aún persiguen los ideales igualitarios de su juventud, pero en un entorno moderno globalizado, razón por la cual están encantados de haber obtenido el contrato para vender minas terrestres a la policía militar de Birmania.

Por ejemplo, en mayo de 1968 la huelga general en Francia fue la mayor que hubiera ocurrido en el mundo, y comenzó con un mitin masivo de obreros de la industria automotriz. De modo similar, en Estados Unidos la campaña contra la guerra consistió en algo más que el festival de Woodstock. En 1968, los personajes más prominentes en ese país eran ex soldados que habían estado en Vietnam y los Panteras Negras, que con el tiempo causaron un gran desorden en el ejército estadunidense porque la tercera parte los soldados eran negros y no tenían mayor entusiasmo por combatir por un país que no los dejaba comer en la misma mesa que los blancos.
El sentido de revuelta se propagó a casi todos los países.
Sin embargo, muchos desdeñan todo aquel valor e imaginación, como un columnista que hace poco dijo que todo el movimiento fue un “aburrido despliegue de odio a uno mismo”. Es decir, Martin Luther King, los manifestantes de Praga y los huelguistas franceses no se habrían sentido tan indignados si tan sólo hubieran aprendido a disfrutar del tiempo que pasaban consigo mismos. Y luego habría sido posible poner a los vietcongs uno por uno en el diván de un siquiatra, quien les preguntaría con amabilidad: “Entonces, cuando su familia poseía media hectárea de arroz y compartía una mula, y luego a la mula la quemaron con napalm, ¿se enojó mucho?”
Otro escritor se quejó de que 1968 fue un año vil porque nos dejó atrapados en un “horrible antiautoritarismo”. Claro, la vida es mucho menos espantosa si las personas aceptan que les echen los tanques encima o las hagan esperar una ambulancia solamente para negros sin armar escándalo por eso.

Otra acusación que se hace a 1968 es que no significó cambio alguno. Pero en algún aspecto debió significarlo porque, desde el movimiento antibélico y las campañas de liberación de los gays hasta las formas más desaforadas del jipismo, los sucesos de aquel año hicieron ver a una generación que, si uno es infeliz con la injusticia del mundo, lo mejor que puede hacer es actuar para cambiarlo. De otro modo tiene uno que dejar que Gordon Brown, o David Cameron, o ese otro que cualquiera tenga en mente, se encargue de hacerlo.
Mark Steel. Comentarista y comediante británico de radio y televisión, autor del libro Vive la Revolution: A Stand-up History of the French Revolution. En 2000 fue candidato a la Asamblea Legislativa de Londres
© The Independent, Traducción: Jorge Anaya para La Jornada
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